Retrato-de-los-suegros-del-sessa

Lope contribuyó decisivamente al cambio que sufrió el teatro en la segunda mitad del siglo XVI, en que éste pasó a ser un acontecimiento social público y estable que generaba beneficios y trabajo. El éxito que el autor tuvo con sus comedias y el dinero que ganaba con ellas no era, sin embargo, suficiente para mantener dobles familias (lo que hubo de hacer en muchos momentos de su vida) o para sobrevivir en las largas temporadas en que por orden del rey se cerraban los teatros. Así, Lope de Vega buscó sustento como secretario de nobles. Trabajó al servicio del Obispo de Ávila, del duque de Alba de Tormes, del marqués de Malpica, del marqués de Sarriá, del conde de Lemos… hasta que en agosto de 1605 conoció a Luis Fernández de Córdoba y de Aragón, sexto duque de SessaEl Epistolario de Lope de Vega documenta perfectamente la relación que existió entre el poeta y el duque de Sessa. Lope hacía cualquier trabajo para el noble, era secretario y, a veces, también criado. Escribió durante años las cartas que el duque enviaba a sus amantes, una tarea que abandonó en 1614, cuando se ordenó sacerdote y su confesor se lo prohibió.

Luis Fernández de Córdoba y de Aragón admiraba la creación literaria de Lope y en 1611 comenzó a reunir sus obras, manuscritas e impresas. Protegió al poeta y le consiguió distintos cargos, como el de procurador fiscal de la Cámara Apostólica en el arzobispado de Toledo, y una prestamera (pensión) de la diócesis de Córdoba. Además, el duque facilitaba la presencia de Lope en acontecimientos de la corte, como la ceremonia del matrimonio de la infanta doña Ana de Austria con Luis XIII de Francia en Burgos.
La protección que le brindó el sexto duque de Sessa fue definitiva para su vida y su obra pero, a pesar de su generosidad, no fue la única que buscó el poeta, algo que se conoce por sus propias cartas. En una misiva enviada en 1620 al conde de Lemos, Lope escribió:

Yo he estado un año sin ser poeta de pane lucrando: milagro del señor Duque de Ossuna, que me envió quinientos escudos desde Napoles, que, ayudados de mi beneficio, pusieron la olla a estos muchachos, entre los quales hay quince años de una doncella, virtuosos y no sin gracias. Passo, Señor Exc.º, entre librillos y flores de un huerto lo que ya queda de la vida, que no debe de ser mucho, compitiendo en enredos con Mesqua y Don Guillen de Castro, sobre cuál los hace mejores en sus Comedias. Qualquiera destos dos ingenios pudiera servir mejor a Vex.ª en esta ocasión.” (Amezúa: Epistolario de Lope de Vega)
cuya relación de servicio y amistad duró toda la vida.

El afán de los artistas de aquellos tiempos por buscar un mecenas, un protector, es mucho más que comprensible en el caso de los dramaturgos, que se enfrentaban a largas temporadas de teatros cerrados, en que no podían ganarse el sustento con la representación de sus obras. También se les prohibía imprimir sus comedias. Así, aspiraban a tener la tutela directa de la casa real o la custodia de algún noble, un mecenas que les proporcionara estabilidad económica y social.

“…el mecenazgo teatral de la nobleza tiene dos caras: una, más evidente, la del encargo concreto de piezas teatrales para circunstancias concretas. Otra, menos visible, que tiene que ver con el anhelo de obtención de la protección nobiliaria por parte del artista, aspiración que podía conducir al dramaturgo a entender sus propias obras como un objeto cultural con un valor de trueque en el mercado social cortesano, un medio útil para conseguir el apetecido status de protegido de un señor, pero también para conseguir beneficios en especie, puestos en la corte, capellanías, cargos, rentas, y obtención de regalos…”
(Teresa Ferre Valls)

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